miércoles, 21 de enero de 2015

El piano mágico (Cuento).


Preparar un buen café depende de muchas cosas no solo de la marca del mismo sino también de la cantidad, la temperatura, el tiempo que se tarde, el ánimo con que se haga y en especial, con qué lo acompañe y no hablo solo de lo que comerá pues si no quiere lo bebe solo, sino también de con quien esté cuando se lo beba o con quien no. El café es uno de esos placeres que debe degustarse, claro, cuando está bien hecho, cuando sabe bien; si es así, se bebe con poca azúcar y, tomándose el tiempo de saborear cada grano con que fue preparado, se siente el característico toque amargo que se adhiere al paladar después de cada sorbo, así me lo enseñó mi abuela, entre otras cosas, como el ingrediente secreto de las buenas comidas y la magia de una bien interpretada y sentida melodía en piano. Para hacer mágica una melodía debe buscarse una nota media de la escala cromática procurando que no sea menor para no invadir de tristeza ni grave para no crear temor ni muy aguda para no hacerla empalagosa o demasiado eufórica.

El día de mi boda casi que perdí de vista ese pequeño detalle, estaba tan emocionada que me olvidé de la magia, qué bueno que el piano que interpreté fue el de mi abuela, estoy segura que ese piano tenía algo fantástico, como si al sentarse alguien a tocarlo, él envolviera a la persona en un estado sobrenatural y se dedicara por completo a sonar sus teclas; si era un hombre quien lo tocaba lo hacía atrayente a toda mujer que estuviera cerca las cuales se recostaban en el piano y lo observaban hasta el éxtasis, aunque creo que todo era obra del piano para que se acercaran a él con la excusa de ver al pianista que solo hacía mímica; si era una mujer, era distinto, era como si nota a nota el piano hiciera de su cuerpo un pentagrama y apasionadamente le hiciera el amor. El día que me casé estaba tan llena de nervios que no hice sino equivocarme y el piano, cansado de sonar como gato, elevó mis manos y acarició con gracia una melodía peculiar, era grave y aguda, sin términos medios, como si hiciera de cupido emparejando las más suaves y delicadas notas con las más graves y resonantes; entre más se acercaban mayor se iba tornando la sensación de presión en mi vientre y el piano dejaba de ser cupido para convertirse en un candente Eros; mis ojos se cruzaron con los del que ahora era mi marido, el  ambiente se volvió lento y cargado de energía, sensual, coqueto, íntimo pues pareció que solo él, el piano y yo sentíamos lo que estaba pasando; estaba tan conmocionada que no pude aguantar más y decidí ponerme de pie para correr a los labios de mi amado y como mis dedos no eran los intérpretes, no me importó, pero en cuanto retiré mis manos de las teclas, el piano cortó de golpe con todo. Es algo que solo hizo  dos veces. Siempre me pregunté por qué no se atrevía a liberarse, él liberaba de ataduras morales, emocionales, carnales y demás a todo el que tuviera el placer de tocarlo pero siempre fue prisionero de su propia música.

Mágico es la palabra para describirlo, como el día que por primera vez logré interpretar una buena y sentida melodía en mi mayor, supe que estaba bien porque esa tarde había llegado una visita a la casa y la abuela se había dedicado a atenderla cuando de un momento a otro un joven apareció en la salita de música donde también se bordaba y se tomaba el café, yo no lo noté hasta después de terminada mi interpretación la cual me había grabado tan bien o sentía tan bien que la hice con los ojos cerrados. Había empezado lento y muy suave, mis dedos acariciando cada tecla mientras un escalofrío pasaba sin censura y cerquitica de mi espina dorsal acariciando sin premura mi espalda y trayendo con fuerza una oleada de aire que invadió mis pulmones y recorrió mi tórax endureciendo mis pezones y acelerando mi corazón lo que fue apresurando la melodía y plagando la piel de mis brazos y piernas, y, contrayéndome el vientre, elevé mi mentón al cielo sintiendo la luz que caía sobre el piano y fue como si este se interpretara solo porque mis dedos ya no tenían cerca las teclas, eran solo energía que recorría desde las yemas de mis dedos hasta las puntas de mi cabello caminando de nota en nota por todo mi ser hasta que una nota grave y larga me sacó de mi ensueño y entonces comencé a sentir el banco donde estaba sentada y también las teclas del piano ahora calientes bajo mis dedos por la agitación, junto con una extraña sensación, una ajena, entonces abrí los ojos y vi sentado a mi derecha un joven desconocido que poco a poco abrió dos hermosos luceros enmarcados por unas largas pestañas y embriagados de un brillo elocuente que emanaba pasión, mucha pasión; nunca había estado tan cerca de un hombre ni mucho menos tan receptiva pues falta que ni hacían las palabras, con sus grandes y expresivos ojos me gritaba cosas inimaginables que hicieron de mi estómago una tormenta, de mi corazón un relámpago y de mi boca un volcán a punto de explotar de deseo, gracias a Dios mi abuela llegó en ese momento presintiendo lo que se estaba creando entre los dos y tomando al chico del brazo regresó con él a la sala. Cuando se fue con el resto de la visita, mi abuela regresó y se sentó en la silla mecedora a bordar sin pronunciar palabra, yo decidí no tocar más el piano ese día atemorizada de lo que pudiera seguir causando. Quién diría que días después llegaría el mismo joven a pedir mi mano.

Hasta hoy guardo el recuerdo de cada tarde dedicada a entregarme al maravilloso placer de tocar el piano de mi abuela, que en paz descansé. Nunca olvidaré el día en que murió, la mañana despertó sin ella y la luz entró ciega en busca del ser inerte que ahora habitaba su cama, yo ya me había casado y ese día llegué a casa con Sol, mi pequeña niña de 3 años a visitarla y a mostrarle su piano, pero no hubo abuela a la que saludar ni piano qué escuchar porque este nunca jamás volvió sonar, tal vez por fin se hizo libre y partió con mi abuela o tal vez se encerró en su jaula de clave en clave, de nota en nota y se llenó de tristeza… de silencio… de la vida que perdió.

Nunca me han gustado ni los entierros ni los velorios porque la comida es insípida, el café es muy amargo y la música es siempre en tono menor, y es que el ingrediente secreto de una buena comida es el amor, un buen café no debe ser ni muy oscuro ni muy claro y con poca azúcar y una mágica melodía debe ser en una nota media de la escala cromática procurando que no sea menor para no invadir de tristeza ni grave para no crear temor ni muy aguda para no hacerla empalagosa o demasiado eufórica. No me imagino lo que estará sintiendo mi abuela en este momento ante tal trío de horrores, tal vez por eso se llevó el piano, para tener por lo menos el placer de su magia.

FIN.

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