Caen las últimas lágrimas. Caen sobre mi firma.
–Hoy quiero abrazar el vacío, tratando de colgarme en algún sueño, ya te he visto escondido entre mis comas.
(Escuchar “La Dispute” de Yann Tiersen, mientras se lee).
Durante éste enero triste, los cuervos empañaron la luna y dibujaron arabescos en el cielo antes del amanecer. La madrugada del viernes desperté ensordecida por las celebraciones paganas que hacen los fantasmas en mi nombre. “¡Malditos todos!”, les decía cada que interrumpían los eternos soliloquios de Dolores Salamanca. Esa noche contemplé por algunos minutos la luna, que si bien es una puta, también es una bohemia melancólica, como yo. En las noches trato de embestir el dolor, pero es imposible. Recordar es como columpiarse del reloj, en una tarde cualquiera a las cuatro de la tarde, bajo el cielo azul, leyendo textos de Gonzalo Arango, mientras la nicotina se filtra por las fisuras de mis labios. Cuando todavía el cielo es azul, no siento el olor de la sangre de un degollado cuervo. No siento fantasmas, ni gotas de sudor resbalando por mi columna vertebral.
Soy una romántica estúpida y diría que tocaría mis pezones mientras respiro la ausencia del hombre de los ojos castaños, pero no es así, cariño mío. Ya las notas de las canciones de Cerati se han quebrado al chocar contra los vidrios empañados de sudor. Los demás hombres solo han significado unas cuantas gotas de morfina, que desplomando quedamente sobre la herida, no han provocado amor en mí. Las sabanas y otro cuerpo no resuelven nada; todo es una comedia con matices tan tristes que prefiero agachar la mirada y dejar que la soledad me arrulle, mientras olvido. Finalmente, el orgasmo sigue siendo una preocupación literaria, en mi humilde opinión.
Así trascurre este enero, observando trémulamente el verano con el corazón frío. Mis textos resultan ser epilépticos y por tal motivo discordantes. Las notas de un acordeón francés, un piano y un contrabajo divagan en la habitación, nada más. Esto es enero, amor. Y mis ansiedades caminan por si solas. Te veo pasar por los andenes que recorrimos tomados de las manos y me doy cuenta que el tiempo se encarga de desatarme de vos, y yo sigo tratando de atarte en estos textos, que tiro al viento, porque ya no te encuentras en ellos. Ambos estamos muy perdidos…
Yo no puedo verte. Mis las lágrimas se han vuelto historias de cuentos malditos, mis ojos suelen encharcarse de versos, pero a veces se hace monótono y prefiero hundirme en mis propias depresiones.
Y el reloj sigue empeñado en intoxicarme con su perturbador sonido…
No quisiera en esta noche tan fría, olvidarte, amor. He decidido escribir para vos, porque me gusta ver sangrar la herida, me gusta arder; me gusta revolcarme entre suspiros a la media noche. Los suspiros me ahogan, tratando de asesinarme. Entonces allí estás, hombre de ojos desteñidos y piel dorada, tocando sobre un escenario vacío, sonatas tristes. He notado que los versos que escribo para vos, se diluyen mejor en el café. Así trascurre mi noche, tan parca, tan lúgubre como tu recuerdo. Hace algunos días, cuando el frío se tornaba insoportable, pensé en vos: mudo, tácito. En tus ojos navegando sobre un mar violeta. Pensé en tus labios…
En el anonimato, tratando de ser noche para pasar desapercibida, detallo tus pasos desgarrados y la sombra de tu columna curveada. En los albores sin embargo, llego a conclusiones fehacientes sobre esta enfermedad que me acompaña día y noche. Entonces he de aceptar que el recuerdo no muta y el sentimiento tampoco. Todo sigue ahí, fiel a tu recuerdo.
Las letras se me agotan y el tiempo sigue asesinando segundos, es inevitable ver como se escurren los segundos del reloj y se quiebran al tocar el abismo. Vos continúas envejeciendo. Yo sigo corriendo tras las palomas y de vez en cuando, bebo vodka hasta sentirme en la mitad del mar adriático. Vos estás muy lejano. Yo continúo viéndote cuando las notas de un viejo tango llegan a mi pecho, y se empozan…
Estoy acá, contemplando la luna, viendo el humo estancase en los muros de ladrillos. Estoy acá suspirando como una esquizofrénica enamorada. Hoy tengo la mirada triste de Raskolnikov, tengo una nausea, un agobio; quizá el mismo que llevo al poeta a maldecir el amor.
Somos una metáfora muy mal escrita. Somos la personificación de que el amor es solo un sofisma. Así mismo, digo que este sentimiento –si es que se puede llamar amor– no se trata de olvidos.
Esto puede ser un texto irrisorio para muchos, pero para quienes respiran con la daga enterrada en el corazón, es un texto escrito en una noche, por un cronopio más.
Por último, quisiera escribir un epílogo con tu nombre y un te amo antecediéndolo, pero es absurdo.
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